Saturday, March 18, 2006

Cultural: El maestro Huarachi en Taipinquiri

MARIO D. RÍOS GASTELÚ

Hace muchos años, fui uno de los privilegiados en asistir a una charla del ensayista y figura consular del intelecto boliviano, Roberto Prudencio, quien se refería al arte de Francisco de Goya y Lucientes, ofrecida en la Universidad Mayor de San Andrés.

Su enfoque sobre la personalidad artística del pintor español, tuvo una frase que sintetizaba la pintura del autor de Los Fusilamientos, La maja vestida y La maja desnuda, entre otras obras clásicas de la pintura universal. Prudencio reflexionaba diciendo: En vez de pintar los objetos como se ven se pinta el ver mismo”.

Aquella referencia viene al caso, a propósito de una muestra pictórica inaugurada en la galería de arte Taipinquiri, espacio cultural en el cual exponen integrantes de un grupo de artistas plásticos tarijeños, discípulos de Benito Huarachi García, un maestro que lleva a sus cuadros la tradición de los pueblos “andaluces” del sur de Bolivia

El maestro Huarachi nos da la oportunidad de fijar la mirada en los retratos que allí los exhibe. No es el caso contemplar a un personaje común encontrado como modelo entre los transeúntes tarijeños, sino el recoger la expresión de un rostro que acumuló en el tiempo la experiencia de soportar una vida de contrastes cargada sobre los hombros.

Reflexiono sobre lo dicho por Prudencio respecto a se pinta el ver mismo, porque no hay duda que los artistas tienen su forma de ver personas o cosas en forma tan distinta a la mirada de un hombre común, que sólo es posible rescatar aquella impresión a través de una obra de arte.

Allí está la cansada figura del hombre mirándonos desde el lienzo. Su mirada transmite el mensaje de su existencia. Las arrugas testimonian un largo recorrido. Penas y alegrías se afincaron en el rostro y en la frente, como tatuajes naturales y espontáneos, acentuados en el transcurrir de las horas que sumaron días, meses y años.

Hoy y mañana ese hombre seguirá siendo el mismo en su íntima existencia, hasta que la senectud derive en vejez, como un preámbulo de la muerte. La pintura podrá deteriorarse en el tiempo, pero la imagen de la mirada interrogativa, no sufrirá cambio alguno, en una repetición wildeana, dentro de una realidad que Dorian Grey no la tuvo.

La obra de Huarachi no es solo el retrato, pues su arte recoge costumbres de Tarija que aún perduran en las familias tradicionales. El pasado queda inmóvil en el colorido de las pinturas, lo que permite al público adentrarse en un ayer que, en la realidad, solo deben quedar vestigios.

Al nombre de Guarachi se suma el de Luis Hurtado, que también destina su arte a tendencias figurativas. Lo folclórico está presente como una referencia de personalidad citadina o rural. Su labor artística tiene valiosos matices que lo muestran como una figura que ya se encontró con el éxito.

Alrededor de Guarachi y Hurtado, se agrupan artistas que abren surcos de esperanza en la evolución de la plástica tarijeña. El conjunto femenino integrado por Wilma Camacho, Soraya Hoyos, Nilda Leytón, Rosario molina, Silvia Moscoso, Patricia Soria y María Angélica Trigo siguen las huellas de sus maestros y, a través de las pinturas que vimos en al semana, concluimos en que ellas también tienen su forma de ver el ámbito circundante para plasmar impresiones coloreadas que son referencia de un futuro de logros a muy corto plazo.

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