Friday, November 11, 2005

DIPUTADOS CON "TARJETA ROJA"

La Cámara de Diputados fue escenario de un suceso inédito y sorpresivo que levantó polvo e hizo noticia de primera plana, porque motivó la reacción clamorosa de los parlamentarios quienes en los últimos tiempos no reaccionaban ante nada ni cumplían su función legislativa, permaneciendo aletargados y rebotando de receso en receso, sin ningún rubor, pese a las críticas de la ciudadanía.

En la sesión matinal de ayer, tras hurtar colectivamente el poto a la jeringa al confirmar que no tratarían la elevación a rango de Ley el Decreto Supremo por el cual el Poder Ejecutivo redistribuyó escaños parlamentarios, rindieron homenaje al departamento de Potosí por su aniversario cívico, felicitaron a la presidenta de esa cámara por su cumpleaños y se disponían a declarar su acostumbrado receso semanal de cuatro días cuando sucedió lo inesperado, de modo tan repentino y veloz que cayeron como chorlitos en la trampa, quedaron inmóviles como afectados por un patatús fulminante, y sólo tomaron conciencia de lo ocurrido cuando ya todo había pasado.

Diputados y diputadas quienes un minuto antes habían estado charlando animadamente, algunos de pie y otros sentados en sus curules, alegres y desprevenidos, como en recreo escolar, se vieron de pronto con sendas tarjetas rojas en sus manos o sobre sus pupitres. No podían dar crédito a lo que sus ojos veían: ¡tarjetas rojas!, igualitas a las que los árbitros entregan a los futbolistas cuando cometen falta, juegan rudo o “machacan” al adversario. Los diputados, como cualquier hijo de vecino, saben muy bien el significado de la tarjeta roja en el fútbol: expulsión inmediata del campo de juego y suspensión en la práctica de ese deporte.

Increíble pero cierto: en un abrir y cerrar de ojos los diputados habían sido simbólicamente expulsados del Congreso. Sobrevino el alboroto. En el hemiciclo parlamentario se produjo revuelo de gallinero ante incursión de zorro pollero. Unos clamaban por garantías para la investidura parlamentaria, los más reprochaban la ineficiencia de la guardia policial en el Palacio Legislativo, y otros pedían la captura del sacrílego que había osado mancillar el santuario de los “padres de la patria”.

El despliegue policial fue intenso, pero casi innecesario, porque el autor de la fechoría, un concejal de la vecina ciudad de El Alto, conocido por sus acciones descabelladas tipo “comando” para lograr protagonismo y cobertura de los medios, estaba ahí como esperando que lo aprehendan, despanzándose de la risa y visiblemente feliz por lo que había hecho. Los policías lo sacaron del Palacio Legislativo y poco después ya estaba libre...porque no es delito repartir tarjetas rojas, así sea en el Congreso. Además es autoridad edil.

“Al que le calce el guante que se lo chante” dice un refrán popular que encaja como anillo al dedo a este episodio de los diputados y las tarjetas rojas. Los parlamentarios de la Cámara Baja, en lugar de restar importancia al anecdótico suceso, reaccionaron como si hubiesen sido víctimas de un atentado terrorista contra sus vidas, criticaron duramente a la Policía Nacional, exigen que se refuerce y modernice el sistema de seguridad en el parlamento y probablemente planteen interpelación al ministro de Gobierno. En otras palabras, se chantaron el guante, sin duda porque el peso de su conciencia les hizo ver en la tarjeta roja lo que merecen: expulsión.

Además - algo digno de Ripley- a tiempo de entrar en receso proclamaron que sólo volverán a “trabajar” cuando el Gobierno les brinde las garantías que merecen como representantes nacionales.

Decir eso, en momentos en el pueblo todo les reprocha por su holgazanería permanente y por percibir altas dietas parlamentarias sin trabajar, es un descaro.

MINUCIO

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